Sandra Serrano Psicóloga

Categorías
Blog

Inteligencia emocional

Cuando hablamos de inteligencia emocional (IE) nos referimos a la habilidad que poseemos para entender, usar y gestionar nuestras propias emociones, de modo que dicha habilidad facilite la reducción de la intensidad de las emociones negativas, nos ayude a comunicar nuestras emociones de modo efectivo, afrontar las dificultades y relacionarnos con los demás, entendiendo mejor sus emociones y cómo ajustarnos a ellas. Aunque la base de la IE puede venir dada desde el nacimiento, se ve igualmente influida por los aprendizajes y experiencias que vivimos a lo largo de nuestra vida, por lo que es una habilidad que se puede practicar y mejorar.

¿Cuáles son los componentes de la IE?

El psicólogo Daniel Goleman ha sido el principal autor sobre IE y señala los siguientes componentes como los principales integrantes de la IE:

1. Autoconocimiento emocional

Se refiere al conocimiento que poseemos de nuestros propios sentimientos y emociones y cómo nos influyen. Por ejemplo, a la hora de tomar decisiones, nuestras emociones median las mismas, tanto si estamos muy contentos, como si estamos tristes o enfadados. Ese autoconocimiento nos permite saber que en un estado emocional así quizá no seamos objetivos y nuestras decisiones no sean demasiado racionales, por lo que es posible que sea mejor esperar unas horas o días, hasta que ese estado emocional pase, y en ese momento será más sencillo poder valorar y situación y tomas una decisión más racional.

2. Autocontrol emocional

La autorregulación emocional nos permite parar a reflexionar y manejar nuestras emociones de manera que no nos dejemos llevar por ellas. Se trata de aprender a autoobservarlas, conocer su dinámica, siendo conscientes de qué aspectos de una emoción podemos aprovechar y de qué manera, bajo este estado emocional, podemos relacionarnos con el entorno para quitarle poder e intensidad a las emociones que nos dañan y que no nos benefician. Por ejemplo, si discuto con mi pareja es posible que esto me produzca enfado. Si mi capacidad de autorregulación no es buena, puede que me deje llevar por esa emoción levantando la voz o diciendo cosas de las que posteriormente puedo arrepentirme. En lugar de gestionarlo de este modo, lo cual hará que aumente mi malestar, puedo desviar la atención hacia algo que me guste para restarle poder a dicha emoción. Por ejemplo podría ir a correr, quedar con amigos o dibujar. La emoción poco a poco irá pasando y el malestar desaparecerá igualmente. 

3. Automotivación

Una de las funciones que presentan las emociones es la función motivacional. Algunas emociones nos permiten enfocarnos hacia la consecución de objetivos y metas, lo cual a su vez nos posibilita mantener una alta motivación. Además, la IE incluye también nuestra habilidad a la hora de no ceder a los refuerzos inmediatos dejando de lado los objetivos a largo plazo, que, aunque más costosos y prolongados en el tiempo, suelen ser recompensas más importantes que las primeras. 

4. Empatía

La empatía es una habilidad que consiste en reconocer, comprender y saber adaptarnos a las emociones de los demás. Por tanto, constituye un aspecto básico en las relaciones interpersonales. El hecho de desarrollar esta habilidad nos puede ayudar a establecer vínculos más estrechos y duraderos con las personas con las que nos relacionamos. Las personas empáticas son las que, en general, tienen mayores habilidades y competencias relacionadas con la IE.

5. Relaciones interpersonales

La IE resulta de vital importancia a la hora de relacionarnos con los demás, debido a que existen muchas situaciones sociales en nuestro día a día que es importante que sepamos manejar. Así, gracias a la IE cuando nos encontramos frente a una situación social, vamos más allá de pensar en cómo nos hacen sentirnos los demás, y tenemos en cuenta, además, que cualquier interacción entre seres humanos se lleva a cabo en un contexto dinámico en el que las emociones de una de las partes influyen en la otra. Esto nos permite ponernos en el lugar de la otra persona y comprender por qué actúa o piensa de una determinada manera. Por ejemplo, si alguien nos hace un comentario inapropiado en un contexto laboral, podemos pensar que es porque ha tenido un mal día, lo cual nos ayuda a pensar en las causas que han desencadenado que otros se comporten de un modo y basar nuestra conducta no sólo en las emociones que surgen de ello sino también en las causas explicativas que buscamos sobre por qué los demás actúan de un modo determinado.

¿Cómo saber si tengo una buena IE?

Las personas que gozan de una buena IE puede que lleven a cabo con más probabilidad el tipo de conductas que exponemos a continuación. Si, por el contrario, las siguientes conductas no definen el modo en el que actuarías, puede que sea positivo poder trabajar sobre tu IE para mejorarla y aprender a conocer y manejar de un modo más efectivo tus emociones.

  • Presto atención a mis emociones, las escucho y no me limito a la hora de sentirlas o expresarlas.
  • Analizo mis proyectos y me motivo para alcanzar mis sueños.
  • Dirijo mi atención a las cosas que dependen de mí o que está en mi mano solucionar y acepto aquellas en las que no tengo dicha influencia. 
  • No me tomo las cosas de un modo personal.
  • No dejo que las emociones me controlen y soy yo quien las manejo y tomo mis decisiones.
  • Intento entender las emociones de los demás y ajustarme a cómo se sienten en un momento dado.
  • Valoro los triunfos de otras personas, sin compararme con ellos.
  • Acepto mis errores, me perdono y simplemente aprendo de lo ocurrido.
  • No juzgo si me siento bien o mal.
  • Sé que las emociones son transitorias y se pasan con el tiempo, las acepto, las disfruto si son positivas e intento quitar mi foco de atención de ellas si no lo son.
  • Comprendo que cada persona es diferente, con sus propias experiencias y sentimientos, por lo que no puedo generalizar mi forma de sentir a los demás.
Categorías
Blog

¿Qué son las emociones? ¿Cómo las experimentamos?

Esta vez vamos a dedicar nuestra entrada a las emociones. Las emociones, tanto positivas como negativas, nos acompañan en el día a día, permitiéndonos adaptarnos al entorno y a los que nos rodean. No obstante, a veces estas emociones nos incomodan o incluso llegan a generarnos un gran malestar, como sucede en el caso de la ansiedad. 

En este post os dejamos información sobre qué son las emociones, cuál es su función y sus características, con el objetivo de poder conocer más sobre ellas y, en nuestra próxima entrada, os ofreceremos algunos recursos y herramientas con los que poder aprender a manejarlas, validarlas, sentirlas…sin que esto nos genere un gran malestar. ¡Vamos a ello!

¿Qué son las emociones?

Una emoción es una respuesta psicofisiológica que se pone en marcha ante un estímulo externo (ruido fuerte) o interno (un pensamiento) y que nos permite adaptarnos a dicha situación de la mejor manera posible. Así, por ejemplo, si estamos cruzando la calle distraídos y de repente alguien toca el claxon, aparece la emoción de miedo que nos ayuda a reaccionar ante esa situación, evaluando el peligro y, en ese caso, cruzando rápido o retirándonos hacia atrás para no ser atropellados. En esta situación, la emoción de miedo, aunque no sea una emoción agradable para nosotros, nos ha ayudado a ponernos a salvo y evitar un peligro.

 

¿Qué características tiene una emoción?

Es un resultado biológico

Todas las emociones se originan fisiológicamente, es el organismo el que desencadena esta respuesta biológica de manera involuntaria, lo cual impide que podamos manejarla o evitarla voluntariamente, al igual que no podemos manejar de modo voluntario el latido de nuestro corazón.

Expresión emocional

Al interpretar todas esas señales físicas producidas por la emoción concluímos cómo nos sentimos en ese momento. Si siento la necesidad de aislarme, no hacer nada, llorar, un vacío en el estómago, concluiré que estoy triste. Si por el contrario siento tensión muscular, calor, ganas de gritar, concluiré que estoy enfadado. 

Estas emociones se expresan en nuestra conducta así como físicamente en la expresión facial, a través de la mirada, la sonrisa, la postura… permitiendo a los que nos rodean  ajustarse a nuestras emociones y que nosotros también podamos ajustar nuestra conducta a cómo se sienten los demás en una determinada situación.

Las emociones nos acompañan desde etapas muy tempranas de nuestra vida

Desde que nacemos, sentimos emociones aunque no podamos expresarlas, A medida que crecemos, la expresión emocional se va desarrollando, con la aparición de la sonrisa, la vergüenza… Ya alrededor de los 2 o 3 años somos capaces de mostrar empatía hacia los demás y comenzamos a reconocer las emociones básicas. Llegada la adolescencia, las emociones comienzan a conocerse en el contexto de la interacción social y a medida que crecemos vamos adquiriendo mayor conciencia de las emociones y aprendiendo a comprenderlas y relacionarnos con ellas. 

Las emociones tienen una función

Las emociones son adaptativas, desarrollan una función, sí, incluso las emociones negativas. Como vimos en el ejemplo anterior, la emoción de miedo se encarga de protegernos de los peligros que pueden aparecer en el entorno, mientras que la ira, por ejemplo, nos permite desarrollar de forma rápida conductas de defensa o ataque ante situaciones desagradables que nos generan frustración.

 

¿Qué emociones o grupos de emociones existen?

Existen innumerables emociones diferentes que pueden clasificarse según varios criterios. Dos de ellos son los más utilizados y serán los que compartamos a continuación.

Según el tono hedónico, es decir, el placer que experimentamos, se pueden clasificar en emociones agradables, desagradables o neutras. Así se consideran emociones positivas el amor, la compasión, la alegría, la ilusión, la comprensión… emociones negativas la tristeza, la frustración, la decepción, el enfado… y emociones neutras como la sorpresa. 

El segundo criterio según el cual pueden clasificarse las emociones hace referencia a la complejidad de las mismas. Así existe cierto grado de acuerdo en considerar la existencia de 6 emociones básicas, las cuales forman parte de procesos de adaptación, existen en todos los seres humanos, independientemente de la cultura en la que se hayan desarrollado y presentan una expresión universal y definida. Estas emociones básicas son la alegría, la sorpresa, la tristeza, la ira, el miedo y el asco. Por su parte, las emociones complejas surgirían de la combinación de estas emociones básicas y se verían más condicionadas por factores culturales. Así la frustración sería una emoción que aúna sensaciones similares a la ira, pero también a la tristeza.

 

¿Cómo se experimenta una emoción?

Las emociones presentan tres componentes diferenciados y la unión de éstos es lo que nos ofrece la experiencia emocional completa.

  • Componente cognitivo: este componente se relaciona con nuestra capacidad de comprensión, juicio, memorización y razonamiento. Esto nos permite evaluar de un modo más racional la situación y tomar decisiones conscientes frente a la situación que estamos viviendo. Además los recuerdos y experiencias vividas con anterioridad que son similares a la presente nos proporcionan información relevante en la que basarnos para evaluar nuestras decisiones y los resultados de las mismas. 
  • Componente fisiológico: en función de la emoción que experimentemos se activarán una serie de respuestas procedentes de diferentes sistemas del organismo: tensión muscular, presión arterial, ritmo respiratorio, temperatura periférica, sequedad en la boca etc. que nos prepararán de diferente manera según la respuesta que vayamos a llevar a cabo frente a la situación experimentada. 
  • Componente subjetivo: este componente se da de modo diferente en cada individuo en función de cómo éste interpreta los estímulos. Esta interpretación se basará en las propias experiencias y recuerdos que el individuo haya experimentado a lo largo de su vida así como en las cosas que para él son importantes o relevantes.   

Atendiendo a esto podemos presuponer que a veces las  reacciones emocionales se producen ante estímulos internos, como pueden ser pensamientos, lo cual da pie al origen de emociones frente a situaciones que no hemos vivido, si no que anticipamos o imaginamos. Un claro ejemplo se produce en las situaciones que nos generan ansiedad, debido a que tendemos a pensar cosas negativas que podrían pasar en el futuro, como por ejemplo “voy a suspender” o “me van a echar del trabajo”. En ese momento nuestro organismo también pone en marcha todo un mecanismo emocional que nos permite afrontar la situación, con la diferencia de que en este caso, la situación no está sucediendo realmente. En este momento, esas emociones pierden su función adaptativa, pues no existe una situación real que afrontar. 

Por este motivo, cuanto mejor conozcamos nuestras emociones, menos malestar nos generarán, pues podremos identificarlas correctamente, aceptarlas y validarlas, lo cual favorecerá también el buen mantenimiento de nuestra autoestima y satisfacción vital.

Para seguir aprendiendo más sobre las emociones, ¡no te pierdas las próximas entradas! Os dejamos un adelanto:

  • Inteligencia emocional
  • ¡Aprendamos a relacionarnos con nuestras emociones!
  • ¿Cómo se relacionan nuestro pensamiento, nuestras emociones y nuestras conductas?
Categorías
Blog

¿Cómo favorecer una buena autoestima en mi hij@?

Como hemos visto en entradas anteriores, la autoestima se va creando a lo largo del desarrollo en función de los mensajes que recibimos, las experiencias que vivimos…

Por ello es importante conocer como padres, qué mensajes y conductas pueden favorecer el buen desarrollo de la autoestima de nuestro hijo y cuáles, por el contrario, podrían perjudicarlo aunque no sea esta nuestra intención.

Como sabemos que ellos son lo más importante para vosotros, os dejamos a continuación algunas recomendaciones que pueden favorecer el buen desarrollo de la autoestima en nuestros hijos. 

No exijas demasiado

Como padres a veces exigimos demasiado a nuestros hijos o ponemos en ellos expectativas demasiado altas. Esto muchas veces se hace porque se piensa que favorece el que los niños aprendan a esforzarse y luchar por los objetivos que se marcan o que nosotros mismos les marcamos, pero ¿Qué pasa si esos objetivos no son realistas? Es muy probable que cuando nuestro hijo crezca no valore sus logros porque para él no serán suficientes, que sea muy autoexigente consigo mismo y se cree expectativas inalcanzables por las que luchará, llegando a la frustración, no por falta de capacidad o esfuerzo, sino porque el objetivo no era alcanzable. Además es probable que sienta la necesidad de demostrar a los demás continuamente su valía, igual que lo ha hecho de pequeño intentando alcanzar las expectativas que hemos proyectado en él e intentando contentarnos.. 

¿Cómo gestionarlo? Intenta que sea tu hijo el que marque sus objetivos y que éstos se ajusten a lo que en ese momento pueda alcanzar haciendo un pequeño esfuerzo. Refuérzale al alcanzarlo y valora sus logros, por pequeños que sean, intentando centrarte en su esfuerzo y no tanto en el resultado.

No compares

Esto es algo que podemos observar con mucha frecuencia. “¿Qué nota han sacado tus compañeros?” “Tu prima saca mucha mejor nota en matemáticas que tú” “Yo cuando tenía tu edad hacía esto mucho mejor” “A ver si aprendes de tu hermano, mira que responsable es”. 

Es importante tener en cuenta que cada niño posee sus propios rasgos de personalidad, presenta distintas fortalezas y dificultades y vive su desarrollo de modo totalmente diferente. Si tendemos a comparar será algo que nuestro hijo interiorice y que haga él mismo cuando sea adolescente o adulto. Además hay que tener en cuenta que al comparar comparamos a nuestro hijo con las fortalezas de otras personas, con lo cual siempre “saldrá perdiendo”. Puede que su prima ciertamente obtenga mejores notas en matemáticas porque tiene una mejor aptitud para ello, pero puede que nuestro hijo sea mejor en naturales. ¿Por qué sólo le comparamos entonces en las matemáticas y no tenemos en cuenta el conjunto? Puede que su hermano sea más responsable pero quizá él es más colaborativo, más empático o más cariñoso, ¿por qué no destacamos estas fortalezas y reducimos la comparación únicamente a sus dificultades?

¿Cómo hacerlo? Hay que tener en cuenta que cada persona es única, si queremos destacar a nuestro hijo algún aspecto que sería bueno trabajar es mejor hablarlo con él, explicarle la importancia de trabajar sobre ello, plantearnos pequeños objetivos para hacerlo, acompañarle en ese proceso y reforzar su compromiso con esa tarea y la consecución de los objetivos, sin comparaciones. Si por ejemplo queremos conseguir que nuestro hijo sea más responsable, podemos hablar con él sobre la importancia de la responsabilidad y darle alguna tarea de la que responsabilizarse con la que se comprometa. Igualmente debemos explicarle en forma de conductas concretas qué conductas son responsables y cuando las lleve a cabo reforzarlas. 

Valida sus emociones

Acabas de comprar un helado a tu hijo de 4 años y se le cae al suelo, tu hijo al verlo llora desconsoladamente y, como intento de ayudarle en su tristeza le decimos “no te preocupes, no pasa nada”. Tu hijo adolescente ha discutido con sus amigos porque no le han prestado algo, está compartiéndolo contigo e intentando consolarle le dices “¿Por eso os habéis enfadado? Vaya tontería”

Estos mensajes son muy frecuentes en las relaciones entre padre e hijos, ya que como padres tendemos a juzgar desde nuestro punto de vista adulto, las experiencias y emociones de nuestros hijos pero, ¿acaso no es una situación muy triste que se te caiga un helado cuando tienes 4 años o discutir con tus amigos siendo adolescente? Evidentemente, como adultos, esto no tiene importancia para nosotros, sabemos que podemos comprar otro helado y que los conflictos en la adolescencia en el grupo de amigos son frecuentes y suelen solucionarse rápidamente en la mayoría de las ocasiones. Aún así, nuestros hijos no son adultos y ellos están viviendo y sufriendo esas experiencia bajo su punto de vista.

¿Qué hacer entonces? Valida sus emociones, escucha lo que tiene que compartir contigo, cómo se siente, simplemente escucha y acompáñale en sus emociones. Así conseguiremos crear un espacio de confianza en el que sienta que puede expresar lo que siente de un modo seguro, que sus cosas también son importantes y que no es malo sentir las emociones como las siente.

Si no lo hacemos de este modo, cuando nuestro hijo sea adulto y le pregunten qué le pasa, tenderá a decir “nada” ya que le hemos enseñado que cuando pasa algo importante para él, realmente “no pasa nada”. Tendrá muchas dificultades en expresar sus emociones pues sentirá que no son importantes, son una tontería…y esto es algo que hace que dejemos de lado cómo nos sentimos, pensamos o qué necesitamos y le demos más importancia a qué necesitan o sienten los demás, olvidándonos de nosotros y de nuestro cuidado.

Deja que decida y permite que se equivoque

Como padres nos cuesta mucho dejar que nuestros hijos se equivoquen. Nosotros tenemos más experiencia y hay ciertas cosas que “sabemos” con bastante seguridad que no saldrán bien. En un intento de evitar esas situaciones a nuestros hijos les advertimos e incluso decidimos por ellos. Por ejemplo, esta situación puede darse cuando nuestro hijo realiza tareas del colegio. Viene, nos pregunta, le decimos que lo haga como él crea que está bien, lo revisamos, no nos gusta o consideramos que se ha equivocado y hacemos que lo cambie y lo haga a nuestra manera, ¿Qué le estoy enseñando? Primero que sus decisiones no son buenas, con lo cual nuestro hijo desarrollará una gran inseguridad a la hora de decidir por sí mismo, ya sea algo que comprar, qué trabajo escoger… y además le enseñamos a depender de la opinión de los demás, a necesitar reafirmar su decisión en otra persona, en busca de esa seguridad, lo cual a largo plazo, trasladado por ejemplo a una situación de pareja, es algo que puede resultar muy perjudicial.

¿Cómo hacerlo? Deja que tu hijo decida y deja que se equivoque. Si te pregunta cómo está mejor, devuelve esa responsabilidad, “¿Tú cómo lo ves mejor? Hazlo como a ti te parezca mejor, seguro que está bien y si no lo está no pasa nada, aprenderemos algo nuevo y podrás mejorarlo”. Intenta transmitirle que cometer un error no es malo, sino que es el modo en el que aprendemos, incluso puedes compartir con él errores de tu día a día e intentar extraer juntos qué has aprendido de ello. Por ejemplo, “Hoy he olvidado las llaves en casa porque no las dejé donde siempre, así que he aprendido que es mejor dejarlas siempre en el mismo sitio para que no se me olviden”. Los adultos también nos equivocamos, el normalizarlo ayudará a nuestro hijo a no castigarse por ello y enfocarse en el aprendizaje y la solución de esos errores.

Destaca sus virtudes y acompáñale en la mejora de sus dificultades

Como padres queremos que nuestros hijos vayan aprendiendo cosas que les hagan “ser mejores”. Por ello, a veces cometemos el error de puntualizar esas cosas que necesitan mejorar y no valorar lo que ya hacen bien, pues eso no necesita mejora. Si nuestro hijo recoge siempre los juguetes pero no su habitación es frecuente decir: “Eres un desordenado, no recoges (nunca) tu habitación”. Este mensaje de manera repetida y en diversas situaciones podría dañar mucho la autoestima de nuestro hijo, ¿Realmente es un desordenado, o ha tenido una conducta de desorden? Si él como persona fuera desordenado, tampoco recogería los juguetes. Tendemos a generalizar estas conductas y atribuirlas a rasgos de personalidad. Esto, junto con el hecho de que se nos olvida reforzar lo positivo, genera en nuestro hijo el desarrollo de un modo de atribución interno para las cosas negativas, por lo que de adulto él mismo se atribuirá rasgos de personalidad negativos basándose en una única conducta y no sabrá valorar sus conductas positivas, lo cual dará pie al desarrollo y mantenimiento de una baja autoestima.

¿Cómo hacerlo? Al igual que puntualizamos las cosas negativas, intenta puntualizar las positivas y hacerle saber que las valoras, atribuyéndoselas a su persona. “ERES muy responsable, cuando juegas recoges los juguetes y eso me ayuda mucho”. Si necesitas decir algo a mejorar intenta no atribuirlo a su personalidad sino a una conducta concreta y acompañarlo de algo positivo también “Eres muy responsable, cuando juegas recoges los juguetes. También es importante mantener la habitación ordenada para poder encontrar tus cosas cuando las necesites. Estoy segura de que también lo vas a hacer muy bien, ve a recogerla y si necesitas ayuda puedes decírmelo”.

Estas son algunas de las recomendaciones que podemos seguir para reforzar la autoestima de nuestros hijos, aunque sabemos que es complicado a veces llevarlas a cabo en el contexto del estrés diario y las rutinas a veces tan exigentes que solemos vivir. No obstante merece la pena el esfuerzo, ya que como hemos visto en entradas anteriores, la autoestima influye de manera importante en cómo nos relacionamos con los demás, con el mundo y con nosotros mismos. Además en clínica se observa alrededor del 90% de las personas que acuden por problemas de ansiedad, depresión, con la comida, ansiedad social, trastornos de la personalidad… además no gozan de una buena autoestima debido a que durante su infancia han vivido situaciones o recibido mensajes que no han favorecido que aprendieran a valorarse, cuidarse, permitirse equivocarse…

Como siempre sabéis que si necesitáis resolver cualquier duda acerca de cómo gestionar alguna situación concreta porque consideráis que pudiera estar afectando negativamente a la autoestima de vuestro hijo, ¡podéis contactar con nosotros a través de la web, teléfono o redes sociales!

*Se ha hecho uso del masculino en la redacción de la entrada únicamente por una cuestión de comodidad en la escritura, no obstante el contenido se refiere tanto a hijos como hijas.

Categorías
Blog

¿Cómo mejorar la autoestima?

Después de aprender qué es la autoestima y poder valorar si disfrutamos o no de una buena autoestima, ¡os traemos algunas recomendaciones para que podáis aprender a trabajarla desde casa!

Busca el origen

Es importante saber cuál es el origen de nuestra falta de autoestima, qué experiencias son las que han contribuido a ello. Por ejemplo, padres muy exigentes que no valoran nuestros logros, situaciones de acoso escolar, relaciones tóxicas en las que no nos hemos sentido valorados… son algunas de las situaciones que pueden dañar nuestra autoestima. Y, ¿Cómo encontrar este origen? Pregúntate hasta tres veces el “¿por qué?” de tus miedos. Por ejemplo: ¿Por qué me da miedo exponer en clase? Porque se van a reír de mí. ¿Por qué creo que se van a reír de mí? Porque no sé hacer nada bien. ¿Por qué creo que no sé hacer nada bien? Porque cuando era pequeño mis padres no valoraban lo que hacía y siempre me exigían más. ¡Enhorabuena! Has llegado al origen de tus miedos.

Afronta el miedo al fracaso y “simplemente” ¡Hazlo!

Normalmente, cuando algo nos produce miedo, tendemos a evitarlo. Esta es la solución más rápida y sencilla debido a que el miedo y la ansiedad desaparecen de modo casi inmediato. Sin embargo, a largo plazo es una conducta que puede perjudicarnos, pues el no afrontar las situaciones puede dañar nuestra autoestima. Así que ¡Afronta tus miedos! Ni siquiera se necesita un buen resultado para que la autoestima aumente, sino que la autoestima simplemente mejora por el hecho de afrontar las situaciones que desencadenan dichos miedos,  haciéndote sentir más capaz y seguro de ti mismo. 

Identifica tus fortalezas

Si nos paramos a pensar en las personas que nos rodean podremos observar que todas ellas poseen características que les hacen destacar positivamente en algo, puntos fuertes. Igualmente nosotros poseemos nuestras fortalezas, esas cosas que se nos dan mejor, a pesar de que a veces, debido a la falta de autoestima, no las vemos o nos cuesta mucho identificarlas. ¿Cómo puedo descubrir mis fortalezas? Aquí tienes un ejercicio que puede ayudarte: Piensa en 5 logros que hayas conseguido a lo largo de tu vida. Si te cuesta encontrarlos es porque seguramente estás minimizándolos, así que intenta pensar que esas cosas las ha conseguido otra personas, tu pareja, un familiar, un amigo. ¿Qué características son necesarias para alcanzar esos logros? Perseverancia, compromiso, creatividad… ¡Acabas de descubrir tus puntos fuertes!

Cambia tu diálogo interno

Cómo nos hablamos a nosotros mismos, es algo que tenemos interiorizado desde muy pequeños y de lo que no solemos ser conscientes. Cuando una persona tiene una buena autoestima su diálogo suele ser amable y positivo. Por el contrario, en aquellas personas con la autoestima suele ser crítico, exigente y culpabilizador. ¿Qué tenemos que hacer? Fíjate en cómo te hablas e intenta tratarte con más cariño y comprensión. ¿Qué le dirías a otra persona que viva la misma situación? ¿Serías tan crítico con ella? Por ejemplo: Llegas a casa y ves que has olvidado coger las llaves. Tu diálogo interno podría ser “siempre olvidas todo” “no haces nada bien” “mira la que has liado” “ahora vas a tener que estar molestando a los demás por tu culpa”. Si a tu amigo se le olvidaran las llaves y te lo contara, ¿le castigarías de este modo? ¿Qué le dirías a él? Intenta decirte las cosas que dirías a tu amigo y trabaja en cambiar ese diálogo interno poco a poco, ¡te sentirás mucho mejor contigo mismo! 

No te pongas expectativas y si lo haces, ¡Al menos que sean realistas! 

El crear expectativas es algo muy humano que en ocasiones nos ayuda a motivarnos. Pero, ¿Qué pasa si esas expectativas no se ajustan a la realidad? Es frecuente observar en personas que no tienen una buena autoestima que son muy perfeccionistas y autoexigentes, no toleran bien cometer errores y tienen la necesidad de demostrar constantemente su valía. Esto hace que nos podamos marcar objetivos inalcanzables, lo que hará que nos frustremos y castiguemos por no haberlos conseguido. ¡El problema no está en nuestra capacidad sino en las expectativas! 

¿Cómo mejoro esto? Intenta no ponerte expectativas o si lo haces que sean cosas alcanzables. ¿Crees que una persona puede estudiar 3 temas nuevos de matemáticas en 2 horas? Si el objetivo no es alcanzable quizá debemos ajustarlo más y descomponerlo en objetivos más pequeños. Quizá no puedo estudiar 3 temas nuevos de matemáticas en dos horas pero sí hacer 10 ejercicios del primer tema. Si pusieras la expectativa en estudiar los tres temas es muy probable que no lo consiguieras, no por falta de capacidad, casi nadie podría hacerlo. Si tu objetivo es hacer 10 ejercicios será mucho más alcanzable, te sentirás satisfecho y motivado para continuar trabajando en el objetivo. Incluso si te sobra tiempo puedes adelantar. En dos horas vas a llegar hasta donde puedas, la diferencia es que si te autoexiges demasiado aparecerá frustración y culpa y si no lo haces te sentirás satisfecho y orgulloso de tus logros. 

No des tanta importancia a lo que el resto pueda pensar

Pensemos en todas las personas que interactuamos en un día cualquiera. Nuestra madre, un profesor o jefe, amigos, la persona que nos atiende en el supermercado, el recepcionista del gimnasio, compañeros de trabajo, pareja… Cada uno de ellos nos conoce en un ámbito muy específico y tiene una información muy limitada sobre nosotros. Evidentemente nuestra madre o nuestra pareja tendrá más información sobre nosotros que el recepcionista del gimnasio, pero esta información se limita al ámbito en el que interactuamos con ellos. El jefe me conoce en el trabajo pero no en el ámbito familiar o de pareja. Mi madre me conoce en el ámbito familiar pero no en el de trabajo. Ahora bien, existe una única persona que te conoce, en todos esos ámbitos y en todos los momentos de tu vida. ¡Efectivamente, TÚ! ¿Cómo es posible entonces que tenga más importancia para tí la opinión de una persona que quizá te conoce sólo un 30% que la tuya propia? Intenta recordar que las opiniones de otras personas son eso, opiniones, pero eres tú el único que dispone de toda la información sobre ti mismo para poder juzgar eso de un modo más real.

Dale prioridad a tus emociones y necesidades

Cuando nuestra autoestima es baja, es frecuente tener la necesidad de agradar a los demás, miedo a que nos rechacen si no estamos de acuerdo con ellos… Esto hace que, muchas veces, dejemos nuestros pensamientos, emociones y necesidades en un segundo plano y demos  prioridad a los de los demás. ¡Es hora de cuidar de ti! Expresa lo que piensas, tu opinión también es importante. Respeta tus emociones, no tienes por qué esconderlas, compártelas. Escucha tus necesidades, si necesitas descansar porque has tenido una semana agotadora, pero tu mejor amigo quiere salir y te insiste mucho, intenta preguntarte, ¿qué necesito yo? ¿quiero salir o lo haría por no sentirme culpable o por no tener que enfrentarme a decir que no? Sé tú el que decide e intenta basarte en lo que es bueno para ti. Esto en ocasiones nos hace sentir egoístas, pero pensar en nosotros y en nuestro cuidado es algo positivo, y eso no significa dejar de lado a los demás ni sus emociones. 

Practica algún deporte

Existen numerosos estudios que evidencian que el hacer deporte de media intensidad aumenta la autoestima a corto-medio plazo. Además el deporte mejora el estado emocional y nos permite trabajar en nosotros mismos y dedicarnos tiempo. No importa qué deporte sea, elige el tuyo y ¡ve a por ello!

Esperamos que todas estas estrategias os ayuden a aumentar vuestra autoestima y recordad que ¡Todo aprendizaje requiere práctica! Cuanto más practiques más interiorizarás todo esto y verás como tu autoestima, poco a poco, irá creciendo. Con paciencia, date tiempo, ya sabes, sin exigencias y con expectativas realistas. Además si consideras que necesitas ayuda para poder realizar todos estos cambios, estamos aquí para ayudarte, no dudes en contactar con nosotros.

Categorías
Blog

¿Qúe es la autoestima? ¿Tengo una buena autoestima?

En innumerables ocasiones y en muy diversas situaciones hemos oído hablar de la autoestima. Aún así a veces no nos queda del todo claro qué es, ya que se trata de un concepto algo abstracto y a veces incluso confuso.

Para entender qué es la autoestima hay que definir y entender previamente el autoconcepto, ya que la autoestima se fundamenta en este. El autoconcepto es la forma en la que percibimos quiénes somos y cómo somos. Todos tenemos una imagen mental de nosotros mismos tanto física como psicológicamente. Esta imagen va formándose poco a poco a lo largo de nuestro desarrollo y forma parte de nuestra propia identidad. 

Esta idea que formamos sobre nosotros mismos puede coincidir con la idea que los demás tienen de nosotros o no, incluso esta idea puede ajustarse más o menos a la realidad. Cuanto más realista sea el autoconcepto, más adecuada será nuestra interacción con el ambiente que nos rodea, más nos aceptaremos a nosotros mismos, mayor será nuestra capacidad de crecimiento personal y más sólida será nuestra autoestima.

Entonces, ¿Qué es la autoestima?

La autoestima es una autovaloración emocional que realizamos sobre nosotros mismos en  función de si aceptamos o no, o si nos gusta o no, nuestro autoconcepto.  Contrariamente al pensamiento popular, la autoestima no surge de evaluarnos positivamente en todas las situaciones, sino de observarnos con objetividad y sobre todo de aceptar y valorar nuestro autoconcepto.

Podemos afirmar sin duda que la autoestima es la base de nuestra salud psicológica. La mayoría de personas que experimentan síntomas de ansiedad, depresión, dificultades sociales… no gozan de una buena autoestima.

Si nuestra autoestima es adecuada, podremos interactuar con el mundo de forma sana, podremos afirmarnos en cualquier situación y defender nuestros derechos. No tendremos miedo a expresar nuestros pensamientos, emociones y necesidades, nos aceptaremos incondicionalmente, sin culpabilizarnos ni autoexigirnos en exceso, lo que hará que estemos satisfechos de nuestras reacciones y conductas.

Además de determinar cómo nos relacionamos con nosotros mismos, la autoestima también ejerce una gran influencia en cómo nos relacionamos con los demás, afectando de forma directa a nuestra manera de actuar en el mundo y de relacionarnos con otras personas. 

Desarrollo de la autoestima

La autoestima es variable a lo largo de nuestra vida, no es algo que se mantenga fijo sino que va cambiando en función de las experiencias y momentos vitales. 

No nacemos con ella, estas creencias sobre nosotros mismos las vamos a ir desarrollando a lo largo de nuestra vida a través de los mensajes que recibimos del exterior, de nuestras experiencias y de nuestra manera de interpretar lo que nos sucede. La infancia es una etapa muy importante porque según los mensajes que hayamos recibido del exterior ( familia, colegio, amigos,…), se establecerán las bases de nuestras creencias, incluidas aquellas que tienen que ver con nosotros mismos y que constituirán la base de nuestra autoestima. Por ejemplo, mensajes comparativos “A ver si aprendes de tu compañera que siempre saca mejores notas”, exigencias muy elevadas “¿Un 8? ¿Y por qué no has sacado un 10?”, mensajes desmotivadores “¡Pero cómo vas a ir tú a judo! Tú no sabes hacer eso”, atribuciones personales de conductas concretas “eres un irresponsable”, en lugar de “has tenido una actitud irresponsable”, conductas culpabilizadoras “Mira lo que me has hecho hacer”…son algunas de las verbalizaciones que vamos interiorizando y que se convierten en nuestro diálogo interno cuando somos adultos, de modo tan sutil que ya pasa desapercibido para nosotros, pero siguiendo generando ese mismo daño en nuestra propia imagen personal. 

¿La buena noticia? Hacerse consciente de este tipo de situaciones que son inconscientes y están interiorizadas, nos permite poner el foco de atención sobre ellas para poder trabajar en cambiarlas.

Entonces, ¿Cómo puedo saber si tengo una buena autoestima? Os dejamos algunas conductas y actitudes que reflejan si nuestra autoestima es buena o si, por el contrario, sería bueno que pudiéramos trabajar en ella.

Una persona con una autoestima sana muestra:

  • Muestra autoconfianza conociendo y aceptando sus valores y está dispuesta a luchar por ellos a pesar de encontrar oposición. Al mismo tiempo es capaz de cambiar algo de ellos si la experiencia le dice que estaban equivocados.
  • Se acepta a sí misma tal y como es, lo cual no quiere decir que no intente mejorar y trabajar sobre sí misma, pero no se siente culpable por ser como es ni le da demasiada importancia a lo que los demás piensan de ella.
  • Se considera capaz, con cosas para ofrecer a los demás y se relaciona con ellos en condiciones de igualdad y de dignidad.
  • No pierde el tiempo preocupándose en exceso por lo que le haya ocurrido en el pasado, ni por lo que le pueda ocurrir en el futuro. Aprende del pasado y planifica el futuro, pero vive con intensidad el presente.
  • Confía en su capacidad para resolver sus propios problemas, sin dejarse acobardar por fracasos y dificultades, y cuando realmente lo necesita, está dispuesta a pedir la ayuda de otros.
  • Reconoce y acepta en sí misma diferentes sentimientos y emociones, tanto positivos como negativos, y está dispuesta a compartirlos con otras personas.
  • Es capaz de disfrutar con una gran variedad de actividades, incluso cuando las desarrolla sola.
  • No se crea expectativas inalcanzables ni se autoexige en exceso.
  • Se siente orgullosa de sí misma, sus logros… y no se compara con otras personas de modo constante, aceptando las diferencias individuales.
  • Se trata con amor y respeto, se habla adecuadamente, sin culpabilización y se dedica tiempo a sí misma.
  • No depende de otras personas, amigos, familiares o pareja. Disfruta de los momentos de soledad y sus emociones no dependen de las personas que la rodean.
  • Sabe poner límites y decir que no ante propuestas que no le interesan, sin miedo a sentirse rechazada o a no agradar a los demás.

Por el contrario, una persona con una autoestima baja muestra…

  • Una autocrítica constante, manteniéndose en un estado continuo de insatisfacción, viendo el lado negativo a la mayoría de cosas que hace o recibe.
  • Así mismo tampoco tolera bien las críticas que provienen de otras personas.
  • Desea continuamente complacer a otras personas, anteponiendo las necesidades de los demás a las suyas con tal de recibir aprobación de ellos y es incapaz de decir que no.
  • Se exige a sí misma hacer las cosas perfectamente, lo cual a menudo es imposible, y el menor fallo representa para ella un fracaso.
  • Es incapaz de perdonarse errores y se castiga continuamente por ellos.
  • Se compara constantemente con otras personas, tanto física como personalmente. 
  • No valora sus logros, minimizándolos o atribuyéndolos a causas externas como la suerte, pero maximiza sus errores, en este caso atribuyéndoselos como persona “culpable” de los mismos.
  • Necesita continuamente estar con más personas porque no tolera estar consigo misma y constantemente busca la aprobación y estima de los demás.
  • A menudo siente una sensación de vacío crónica que considera que puede llenar con una relación, un cambio de domicilio…

Estas «pistas» pueden hacerte más consciente de tu propia autoestima. ¿Crees que necesitas trabajarla? ¡No te pierdas nuestra próxima entrada! Os traeremos algunos ejercicios y recomendaciones que podéis realizar para mejorarla.

Call Now Button